Francisco quiere una santa argentina para el Bicentenario

15 septiembre, 2013

Por la Casa de Ejercicios Espirituales que fundó la santiagueña María Antonia Paz y Figueroa (1730-1799), hija de un encomendero y “beata” (laica consagrada en el lenguaje de la época) al servicio de los jesuitas desde los 15 años, pasaron casi todos los hombres de Mayo y otros próceres de nuestra historia.

Allí estuvo recluida Mariquita Sánchez –la del himno, castigada por su romance prohibido con el señor Thompson- y también la desdichada Camila O’Gorman.

Además, hicieron los ejercicios ignacianos en ese lugar Liniers, Saavedra, Belgrano, Castelli, Moreno, Rivadavia y, más tarde, Rosas y su hija Manuelita, Alberdi, Mitre y muchos más.

María Antonia, popularmente llamada Mamá Antula, fue una incansable promotora de los Ejercicios Espirituales Ignacianos en todo el Virreinato y, para ello, dejó su Santiago del Estero natal y recorrió a pie varias provincias argentinas hasta que llegó a Buenos Aires donde debió batallar para obtener el permiso virreinal de abrir una Casa de Ejercicios.

La Casa de la avenida Independencia 1190 todavía existe y funciona como tal, además de ser un museo. No sólo es uno de los más antiguos, sino que es el único edificio colonial de Buenos Aires que se conserva como era originalmente y en buenas condiciones.

“En el 2016 celebraremos el Bicentenario de la Independencia y por la Casa de Ejercicios de Buenos Aires pasaron los que construyeron nuestra Patria, y por eso esta causa de beatificación le interesa especialmente a Bergoglio; es la forma de agradecerle a ella que, a través de los Ejercicios Espirituales, la Revolución de Mayo fue gestada con profundos valores morales y cristianos”, dijo Luisa Sánchez Sorondo a Infobae.

Esta abogada, formada en la Universidad Católica Argentina, asiste desde niña a la Casa de Ejercicios de María Antonia Paz y Figueroa, de quien es descendiente colateral.

“En el camino a la santificación hay varias instancias –explica Luisa-, primero, siervo de Dios, luego Venerable, cuando se prueba que sus virtudes fueron heroicas; después beato y finalmente santo. En este caso nos falta la última etapa para que sea beata, es decir, que se reúna la comisión médica, que debe certificar que por su intercesión se produjo una curación inexplicable; luego se reúnen los teólogos, los cardenales, y después el Papa hace el decreto”.

Lo llamativo es que, habiendo sido ésta la primera causa que presentaron los obispos de Argentina, en 1905, aún no se la haya beatificado. Para Sánchez Sorondo, hay una explicación: “Tal vez ella quería un Papa jesuita y argentino…” Lo cierto es que cuando Luisa viajó a Roma con su familia para asistir a la entronización de Jorge Bergoglio, el flamante Papa la recibió en audiencia privada y le pidió que colaborase en la difusión de la vida y obra de esta mujer.

“Hace dos semanas, Bergoglio me envió una carta reiterándome su interés en esta causa. En realidad siempre le interesó y fue él quien en 1999 volvió a promover la causa y nombró una comisión de historiadores para reunir toda la documentación necesaria”, dice Luisa.

Y resume los motivos por los que la vida de esta mujer es admirable: “María Antonia estaba en Santiago del Estero cuando se van los jesuitas y se da cuenta de que habían dejado un vacío espiritual muy grande; entonces –tenía 37 años- se pone el hábito de los jesuitas y se va caminando a Córdoba, a Tucumán, a Jujuy, organizando los Ejercicios Espirituales al estilo de San Ignacio de Loyola. Finalmente llega a Buenos Aires. Pero el virrey no quería autorizar la práctica de los Ejercicios ignacianos, por miedo a perder su cargo. Luego de varios rechazos, Mamá Antula le advierte que si no la autoriza iba a explotar el fortín. Y al día siguiente el fortín explota y ella recibe la autorización, no se sabe si por miedo o si porque el virrey se da cuenta de que es una persona de bien”.

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