Sonia Molina se recupera junto a su familia

3 octubre, 2013

Caso-CnelSuarez-habla-victima_CLAIMA20121203_0191_14

Había perdido unos 20 kilos y se le agotaban las fuerzas. Por eso, ese día decidió que, con las pocas energías que le quedaban en su cuerpo, huiría.

Era el 12 de noviembre de 2012 cuando Sonia Molina escapó por la ventana de la casa de la calle Grand Bourg 1832, en Coronel Suárez. Allí, denunció luego, había estado secuestrada durante tres meses.

La vivienda pertenecía a Estefanía Heit , una conocida periodista local, y su marido Jesús Olivera, a quienes Sonia señaló como sus captores.

“Fue el día que Dios eligió. Me dije a mi misma ‘es ahora o nunca’. Pensé en mi hija y en mi mamá y tomé la decisión. No sé de dónde saqué la fuerza. Pero sabía que si no escapaba en ese momento, iba a morir en esa casa”, cuenta Sonia en diálogo con La Nación, casi un año después de los hechos.

Tras huir de la casa , Sonia debió ser internada en el Hospital Municipal con un avanzado estado de desnutrición y tenía heridas y golpes en todo el cuerpo. Según denunció, durante tres meses Heit y su marido, Olivera, quien se hacía pasar por pastor, la habían mantenido encerrada en su casa, sometiéndola a agresiones físicas y verbales y abusando sexualmente de ella.

Los detalles del cautiverio son escabrosos: dijo que le daban comida para perros, que le hacían tomar orina, que la quemaban con encendedores, que le tiraban insecticida en los ojos.

“El calvario que viví me dejó marcada para siempre”, relata hoy Sonia, que está intentando recuperar su vida normal. Sonia volvió a Río Colorado a vivir con su madre, Mónica. Allí también está su hija, de 12 años, que vive con el padre pero la visita todos los fines de semana.

“Durante este tiempo pasé por muchas etapas. Hubo momentos en que no quería salir de la casa ni ver a nadie, sólo a mi hija y mi mamá. Recuperar mi vida social está siendo muy difícil, me siento expuesta, observada y el miedo está siempre presente”, dice Sonia. “También me doy cuenta de que para la gente es difícil relacionarse conmigo, no saben cómo tratarme”.

Desde que le dieron el alta hospitalaria, Sonia debió someterse a un estricto tratamiento de recuperación física y psicológica. Sus huesos sufrieron una gran descalcificación y tuvo que realizar una dieta de engorde para recuperar todo el peso que había perdido.

“Trato de que mi estado anímico sea cada vez mejor. Intento no focalizarme en el horror que viví, aunque a veces es inevitable. Las imágenes de esos meses me vienen a la cabeza como flashes, me aterran”, explica.

El proceso de recuperación tampoco fue fácil para su familia. “Es algo muy complicado, uno desearía que fuera menos duro, pero nos costó mucho a todos”, cuenta Mónica, mamá de Sonia.

“Ella tiene un carácter muy fuerte y, después de lo que vivió, a veces no sé cómo ayudarla. La mayoría de las veces no quiere hablar del tema, es difícil saber cómo se siente. En los últimos meses empezó a estar mejor, pero tiene sus días”, relata Mónica.

También cuenta que Sonia volvió a trabajar hace poco. Está cuidando a una señora mayor, algo que hacía antes del cautiverio. “Eso le hace bien psicológicamente, mantener la cabeza ocupada. Pero se ha aislado bastante del resto de la familia”, dice Mónica. “Estamos intentando salir adelante como podemos. Sólo esperamos que toda esta pesadilla quede atrás”.

Una de las situaciones más difíciles que tuvo que afrontar Sonia fue la de explicarle a su hija lo que había pasado, sin entrar en detalles que pudieran afectarle emocionalmente. La menor tiene 12 años y había quedado en Río Colorado al cuidado de su padre cuando Sonia viajó a Coronel Suárez.

“Yo intenté hacer las cosas lo más prolijamente posible. Mi nena sabía que me iba un tiempo a estudiar para poder darle un futuro mejor, por eso quedó a cargo de su padre. Pero la idea era que después volviera conmigo y…”. Sonia rompe en llanto antes de completar la frase. Cuando logra tranquilizarse, explica que a su hija ahora sólo la ve los fines de semana.

“Todo esto es muy difícil para mí. Todavía me falta mucho para recuperarme y quiero tener una casa propia para poder vivir con mi hija”, dice.

Tanto Estefanía Heit como Jesús Olivera están detenidos desde el momento de la denuncia de Sonia Molina, acusados de los delitos de reducción a la servidumbre, estafas reiteradas y lesiones graves. A Olivera se le imputa también el delito de abuso sexual.

Tras el pedido de licencia de la fiscal Maria Marta Corrado, que estaba a cargo de la investigación, la causa pasó a manos del fiscal Julián Martínez , que solicitó la elevación a juicio. Ahora resta que un juez resuelva el pedido.

Para la defensa de Heit y Olivera, no hay elementos claros que permitan poner a sus defendidos en el banquillo. “La fiscalía hizo una mezcla de pruebas y no está claro cómo conectan esos indicios con los delitos que les imputan”, explica Mariano Jara, abogado de Heit. “Sin esas precisiones, se nos dificulta hacer una defensa justa”, agrega. Jara anticipó que si se confirma la elevación a juicio presentarán su oposición.

En cuanto a su defendida, contó que “a pesar del trastorno que significa estar privada de la libertad, se mantiene muy activa y está haciendo proyectos para trabajar con los reclusos”. Olivera, el esposo de Estefanía, que estaba detenido en la Unidad Penal Nº 19 de Saavedra, fue trasladado al penal de Bahía Blanca “para estar cerca de su mujer, con quien mantiene visitas personales y conyugales”, según relató el abogado de Heit.

La defensa de Heit había solicitado el beneficio de la prisión domiciliaria para que la periodista pueda esperar la resolución de la causa en casa de su madre, pero le fue denegado.

Sonia contó que sigue abierta la causa en su contra por estafas “que ya expliqué que no cometí”. Es que, en una causa aparte, está acusada de haber cometido estafa en relación a la venta de su casa en Río Colorado. Sobre este punto ella alegó que fue engañada por sus captores.

“Yo nunca engañé a nadie. Me estafaron ellos a mí. Yo les di la plata, confié en ellos. Estefanía era la encargada de todos los trámites. Me dejaron sin dinero y me sometieron a una terrible manipulación psicológica”, asegura Sonia.

A casi un año del cautiverio, Sonia se siente más fuerte y quiere que su caso se conozca para que otras personas que sufran los mismos tormentos se animen a denunciarlo. Pasa los días tratando de ocupar su cabeza en el trabajo y proyectando su futuro junto a su familia. Pero sabe que el proceso va a ser largo. “Voy a estar recuperada al cien por ciento cuando pueda hablar de lo sucedido sin quebrarme”, admite.

Fuente: La Nación.

Noticias Relacionadas

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *