“Tejieron una telaraña en la que me tenían bien atrapada”

20 octubre, 2013

Sonia Molina 03

 

Se la nota calma, aunque intranquila. A casi un año de haber escapado –en el cuarto intento– del cautiverio al que la habían sometido el falso pastor y la periodista, Sonia Molina (33) recompone, a paso lento, las fuerzas físicas y anímicas perdidas en aquel calvario. Recuperó su peso y esta semana fue dada de alta de la trombosis en las piernas que le habían generado las ataduras. En su rostro ya no quedan rastros de cicatrices y la sonrisa, aunque nerviosa, brota con facilidad durante las más de dos horas de entrevista. Pero en su interior más profundo, las heridas aún están lejos de cerrar.

Hace pocos días que comenzó a moverse sola, pero aún se sobresalta cuando cree percibir en la calle los aromas que la acompañaron durante aquellos larguísimos tres meses de encierro en Coronel Suárez. “Pienso que es alguno de ellos y me doy vuelta enseguida. No lo puedo evitar, como tampoco quebrarme cuando recuerdo aquello.

No voy a estar bien hasta que me deje de pasar ”, apunta.

Con dificultades aún para ponerse en cuclillas y una descalcificación de los huesos que aún la desestabiliza, no sólo los perfumes son los fantasmas que acosan a Sonia en las calles de Río Colorado –donde vive– y en las de Bahía Blanca, donde habla con Clarín. A esta ciudad viaja todos los meses a hacerse controles médicos y a averiguar la marcha de la causa contra la periodista Estefanía Heit y el falso pastor Jesús Olivera, acusados de reducirla a la servidumbre e intentar matarla. “Hay personas que me conocen y me eluden. Otras que no se acercan porque no saben qué decirme. Es muy duro”, cuenta sobre su reinserción.

Recién hace un mes consiguió trabajo: está cuidando a una abuela, seis días a la semana. No guarda rencores y piensa recuperar la confianza de los que creyeron en ella. “Tengo una libreta anotada con todos a los que aportaron dinero para la ONG que ellos decían tener y lo iré devolviendo a medida que pueda”, promete. Y responde a quienes dudan sobre su relato y se preguntan por qué no se escapó antes. “La primera vez que lo intenté todavía tenía fuerzas. Corrí 15 cuadras, hasta que me capturó él. Al volver, me dio una paliza”, recuerda. Dice que mientras Olivera le pegaba, Heit se burlaba. “¿Viste, Sonia? Te volviste a golpear”, le decía, intentando hacerle creer que era ella la responsable de los moretones y cortes que iban poblando su cuerpo, cada vez más flaco. “El me abusaba y me golpeaba, pero ella estaba ahí y consentía todo ”, remarca. “Jesús, es el único que te puede ayudar” asegura que le decía la periodista, cuando el dolor y la desesperación le ganaban a los efectos de las pastillas que le daban de tomar o los pegamentos que le obligaban a inhalar.

La creciente debilidad producto de la falta de alimentación (“llegué a pesar 40 kilos”, rememora con voz quebrada) hizo estériles otros dos intentos de fuga de la casa de Coronel Suárez. “Además me amenazaban con hacerle mal a mi hija y a mi familia. No me podía arriesgar a escapar”. Cuenta que, una noche, Olivera, que no se movía de la casa, la envió a hacer un trámite a la ciudad vecina de Pigüé. “Me obligó a estar allá a una hora determinada y decía que, si no llegaba, me iba a ir mal. Yo no conocía y me perdí. De repente me encontré, de madrugada, en la ruta, con el pelo teñido de rojo, la cara toda pintada y muy mal vestida. Parecía una desequilibrada y creo que era eso lo que buscaba. Que yo apareciera como una loca, que hacía cualquier cosa, para que después, si los denunciaba, nadie me creyera. Fue todo muy pensado.

Tejieron una telaraña en la que me tenían bien atrapada ”.

¿Y cómo tomó la decisión de escapar aquel día?, le preguntó Clarín. “El día anterior tuve la sensación de que me iban a matar. Y eso fue lo que me impulsó a salir.” Aunque no está en aquella lista de personas a las que cree deberles disculpas y dinero, la primera a la que quiere que nada le falte es su hija, a punto de cumplir 13 años y a la que ve cada fin de semana. “Trato de mantenerla al margen de todo. Anda muy bien en sus estudios y ya quiere ser veterinaria. Haré todo lo posible para cumplirle su sueño”. Sonia también tiene el suyo –ser abogada–, pero para llegar a esa meta sabe que todavía le falta mucho. “Necesito que el juicio se haga cuanto antes. Yo estoy muy segura de lo que sufrí y mis 9 horas de declaración no alcanzaron para contar los que fueron esos tres meses terribles. Todavía queda mucho por revelar”, adelanta. Y dice que debe haber más víctimas como ella. “Ojalá aparezcan más testimonios, porque así vamos a evitar que otras pasen por lo mismo”, se esperanza.

 

Fuente: www.clarin.com.ar

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